Se hizo popular esta idea de que en verdad somos una naranja entera, que nos han engañado y no estamos viendo nuestra completitud.

Sin embargo, no sé a si a vos también te pasa, pero yo me sentía, y aún a veces me siento, partido. No sé si justo a la mitad, pero sí con una clara sensación de ausencia, de falta, de vacío.

No me alcanza con reconocer que debería sentirme completo, porque «soy una naranja entera». No fue un efecto óptico, una ilusión o un hechizo que al descubrirlo se evapora todo su encanto. Puedo ver el truco pero sigo sin encontrar la parte desaparecida.

Nos queda reconocer que verdaderamente nos han partido, nos han cortado. Pero lo más grave no fue eso, sino el perverso juego con el que nos vienen entreteniendo todo este tiempo: luego de cortarnos, nos dijeron que salgamos, que gana el primero que encuentra la parte que le falta afuera, pero la escondieron dentro.

Y ahí nos tienes, corriendo de un lado para el otro, subiendo fotos hipereditadas a las redes, bajando tinder, entrando en una relación, saliendo de otra, llorando por nunca cumplir las expectativas, acumulando frustración, decepción, bronca hasta finalmente llegar al desinterés por un tiempo, algunos meses de depresión (quizás algunas pastillas) y luego vuelve a iniciarse la rueda del hámster.

¿Qué nos pasa? peor que no encontrar tu media naranja, es mostrarse solx. Es quedar vulnerable a la mirada ajena como la mitad partida, vacía, sin nadie que nos de el status social que identifique que somos una persona valorada, que le importa a otrx, que hay alguien más que quiere encajar con nosotrxs, porque también está en esa búsqueda desesperada, en esa huida del ser más temido: la soledad.

 

Damos vueltas y vueltas buscando el tesoro que nos devuelva la paz, la entereza y la completitud, sin saber que lo cargamos, que lo llevamos dentro. ¡Qué problema para el sistema si lo hallamos! La dependencia emocional, la insatisfacción crónica y la necesidad de aparentar son 3 pilares fundamentales para el desarrollo del comercio, el consumo y la dominación cultural.

No es novedad a estas alturas mencionar que el marketing trabaja pinchando las miserias humanas para obtener beneficios económicos. Si me siento feliz, entero y pleno, no se me ocurre comprar algo que en verdad no necesito. Sólo compro cuando creo que la felicidad viene envuelta en ese objeto/producto.

Notar, entonces, qué revolucionario es animarse a amar(se). Todo un mundo entero lleno de propuestas de todo tipo para quedarse enganchado en el afuera, para seguir comprando y consumiendo lo que nos deja prendidxs a la matrix,  y unx decidiendo bajarse de esa bici encadenada, y encarar a pie un sentido contrario, sin rumbo fijo, sin brújula, sin otra herramienta más que la capacidad de sentir y experimentar, guiadxs por la curiosidad, el gusto y el olfato de sentir esa media naranja cada vez más cerca.