Dos peces iban nadando y se cruzaron con otro que les dijo «Buen día! Qué hermosa está el agua hoy!», lo saludaron y siguieron andando, preguntándose qué sería eso del agua.

Lo que nos rodea, lo evidente, lo obvio es la matrix. Vivimos dentro de ello, sumergidos sin darle valor por la inercia de la costumbre. ¿Vieron cuando hay un ruido de aspiradora, lavarropas o de obra que recién cuando se interrumpe uno nota la molestria que generaba? Es ese pinche que se encastró en nuestra piel y que lo adoptamos, pero que recién cuando logremos sacarlo habremos sanado.

Yendo hacia lo más literal, el pez sabe muy poco de lo que pasa con el agua, de su contaminación, de sus cambios de temperatura y de la desaparición entera de decenas de especies que antes constituían el paisaje de mares, ríos y oceános.

Lamentablemente, nosotrxs también sabemos poco, porque el principal objetivo de toda matrix es generar distracción. Van a ser varios años ya en que el mayor activo, el mayor valor del mundo, por lo que más se paga es por nuestra atención. Los medios de comunicación, las redes sociales y todo el mundo digital gira en torno a este concepto. Lo importante no es educarnos y mantenernos despiertxs, sino llenarnos de publicidades para que sigamos en nuestro rol de consumidorxs pasivxs.

Nuestra relación con el entorno nos ha colocado en el peor de los lugares: la comodidad.  Vivimos quejándonos de las cosas que no nos gustan, pero en realidad no estamos haciendo nada para cambiarlo. Es una especie de tranquilidad de conciencia que se genera por el mero hecho de exteriorizar una opinión o comentario, para poder seguir consumiendo pasivamente con menos culpa.

¿Qué tan enferma tiene que estar el agua que consumamos para que reaccionemos?

El agua que negamos, que no reconocemos, que invisilizamos para no hacernos cargo de nuestra contaminación, nuestra toxicidad y lo dañina que es nuestra forma de habitar el planeta, va a volver de forma cíclica como todo ocurre en la naturaleza que conocemos.

Salir de la matrix no nos asegura para nada que no estemos inmersos en otra más grande, pero en ese despertar, ganamos humildad y curiosidad, que potenciadas con el ánimo de aportar valor al mundo, pueden derivar en una gran transformación.

No se trata de cuidar al mundo porque nos gusta y nos parece bonito, sino de cambiar el enfoque que tenemos sobre cuál es nuestro lugar en la tierra, qué podemos hacer y qué causas pueden generar como consecuencia nuestra extinción como especie.

Observarse y reconocerse como parte de un todo, como un ser pequeño en un universo basto y desconocido, como un miembro más de la naturaleza, que tiene la responsabilidad de ser quien puede comprender más allá del instinto, quien puede generar cultura, consciencia, amor y respeto por el entorno y por sus equilibrios. Salirnos de nuestras propias narices. Respirar el aire y beber el agua que no conoce fronteras.