Es un jueves al mediodía, estoy en la sobremesa con mi hermano conversando sobre la educación que recibimos, un poco en función de a qué escuela mandar a mis sobrinos.

En un clima de construcción de intimidad, le comparto la profunda insatisfacción que me produjo mi pasar por 17 años de sistema educativo tradicional. Me animó a compartirle las situaciones de bullyng, violencia y maltrato que recibí en las primeras instancias educativas, la falta de contención y de comprensión. Le cuento una frase de mi mejor amigo que desde que la dijo no salí del impacto: «el pelle (nombre de la secundaria) es el peor lugar para ir si estás mal».

La escuela es esa segunda casa donde uno pasa más tiempo que en su propio hogar, pero sólo están habilitados a entrar ciertos estados de ánimo, casualmente los que están relacionados con la productividad, lo mismo que se le exige a las personas en sus trabajos: rendimiento sin importar cómo te sientas.

Él un poco sorprendido, me retruca preguntandome si también la pasé mal en la universidad. La respuesta es la misma, lo cual da a lugar a pensar que quizás el quejoso soy yo, que el problema es mío.

Hasta que me doy cuenta de que sí, que el problema es mío. Es un problema central con toda la estructura de la educación, con su filosofía entera: nunca recibí educación enfocada en mi vocación, básicamente porque jamás me preguntaron cuál era mi vocación o qué quería hacer cuando salga de ahí.

Desde los 14 años que sé que quiero emprender. Desde las primeras experiencias vendiendo pulseritas en la playa, hasta el armado de revistas en la secundaria, centros culturales en la adolescencia y finalmente la productora que hoy nos permite estar publicando esta nota.

Todo lo tuve que aprender por afuera de esas 4 paredes que llaman (j)aula.

En la primaria ni se habla del tema plata. En la secundaria no se menciona la idea de emprender, de por sí se presume que vas a ser empleado. Nadie te pregunta qué tenés ganas de hacer, cómo lo pensás llevar a cabo, sino que te van moldeando bajo la idea de que es bueno tener el título de la casa inscripto en tu CV. Y en Derecho ni hablar, nadie jamás te cuenta cómo se hace un buffet porque esperan que seas el cadete al que pueden explotar 17 horas al día por 150 dolares al mes.

Sé que es fuerte lo que digo y que no voy a sumar amigxs por compartirlo, pero es mi verdad, es lo que viví tras haber derrochado 17 años de mi vida en el sistema que me prometió darme estabilidad, seguridad y todas las herramientas necesarias para desarrollarme profesionalmente en la vida. También se que no soy el único, se lo puede ver en las altas tasas de deserción, en el cambio de paradigma laboral por el cual el título ya no importa, y por la infelicidad absoluta con la que lxs pibxs van a la escuela.

No digo que nos tienen que enseñar a todxs a que seamos emprendedores, ni tampoco creo en esa ridiculez de un país de 40 millones de emprendedores. No hablo de eso amigxs, por favor no me malinterprenten. Me refiero a que nos merecemos que nos pregunten qué queremos hacer y cómo lo queremos hacer, desde qué lugar, con qué forma y que nos enseñen los múltiples caminos posibles que tenemos para cumplir nuestros metas y sueños.

La escuela como reflejo de la fábrica que sirve para abastecer de empleados útiles ha muerto. Es tiempo de que reconstruyamos una educación creativa, humana y personalizada donde el centro sean lxs estudiantxs, sus intereses y deseos, y la tarea de lxs adultxs sea alimentar de libertad y herramientas para que los puedan cumplir.